24 de marzo de 1976
Comunicado Nº 1: Se
comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el
control operacional de la junta de Comandantes Generales de las FF.AA. Se
recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y
directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o policial, así como
extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que
puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones.
26 de marzo de 1976
Lejanos tiempos entre juegos de muñecas y adolescencia
temprana cuando los afectos invaden el cuerpo, las imágenes se entrecruzan,
mezcla de noches, gritos, sirenas y pedidos de auxilio.
Silencio…la noche… el miedo…
¿Cómo explicar a una niña-adolescentes las lágrimas de un
padre?
-¿Por qué quemas ese libro? –ssshhhhhh…… no preguntes pichón
-Papi es tu libro preferido. –SSSSHHHHHH….
-¿También quemas el busto de Perón? Y ya no me respondió…
La luz del fuego sirvió para reflejar las lágrimas de mi
padre, el fuego parecía pedir perdón en cada hoja y él miraba cada página que
se quemaba como mimándolas y las despedía con un nostálgico y húmedo suspiro,
el aire era de incertidumbre pues no podría saberse si se sobrevivía al mañana.
Al ver las lágrimas de mi padre, sentí su impotencia, si
papá lloraba ¿Quién me protegería a mí?
Si mi padre maestro Flor de Ceibo hijo de español y su madre
Toba que en una lengua tejida con algarrobo y totoras le contaba leyendas de la
vida y libertad, leyendas del rió, del viento galopando con sus cabellos
expuestos… Y a él le resonaban en la memoria cuando la llama devoraba sus
libros que en español le decían “nuestra doctrina se presta adecuadamente para
la formación de hombres del pueblo que su misión en la vida es luchar para el
pueblo por el pueblo…y en el pueblo” , ¿cómo podía yo saber si no había libros
para leer?... solo preguntas sin respuestas…y son esos recuerdos son los que
han marcado para siempre mi vida.
Oscuridad, noche, silencio, gritos, llantos,
¿yo?...Argentina
En la cocina el ruido de cacerolas y cacharros está el
recuerdo de mi madre, entre polleras gitanas y candelabros judíos, repitió el
primer grado inferior culpa de la lengua húngara en sus labios escondiendo con
fervor el exilio de la segunda guerra mundial en su sangre donde la prioridad
era sobrevivir, le quedo el eco de que la supervivencia se debía a la provisión
el guardar para mañana ya que no se sabía si había pan en el nuevo sol.
Mi madre que mamo la pobreza de los inmigrantes sin nada más
que la historia de sus raíces escondidas en un barril de piratas mercantes que
en algún negocio de nobleza traficaban judíos y gitanos que huían por sus vidas
a tierras lejanas con tal de conseguir un oportunidad para vivir.
Mi madre ya con tres hijas en pleno “proceso de reorganización
nacional” el peso ya no vale y lo que vale no compra y el mandato ancestral de
mamá ¡hay que guardar bajo la cama! Como quien simula una almohada una bolsa
blanca de azúcar invadida por la humedad, yo así guardaba. Había que tener
dulces sueños para que la inspección sin ninguna autorización y a cualquier
hora del día o de la noche no confisque los sueños de contrabando.
Así mi adolescencia festejo mis quince años sobre la natural
dulzura de una almohada de bolsa arpillera llena de azúcar traída del Paraguay
una noche oscura a precio especial. (1977)
¿Cómo fundar un sueño de libertad sobre las almohadas del
contrabando? ¿Cómo diferenciar que estaba bien y que estaba mal, si el poder te
decía “escóndete” y “si quieres vivir no digas que esto está mal” .
Solo las personas que respiraron esas eternas noches, que
hicieron sordos los oídos de esos gritos de sus queridos vecinos exclamando
auxilio y piedad podrán narrar el dolor que se siente en ese miedo helado en
aquellos años en donde ni los muertos podían descansar en paz.
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